Nada está aislado de todo lo demás

El ser humano constituye una parte de un todo al cual llamamos universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. El hombre se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sus sensaciones como algo separado del resto, pero esto es una especie de ilusión óptica de su consciencia. Este engaño se convierte en una prisión para nosotros, pues nos restringe a nuestros deseos personales y al afecto que profesamos a unas pocas personas de nuestro entorno. Nuestra tarea consiste en liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión, de modo que abarque a todos los seres vivos y a toda la naturaleza, con toda su belleza.

Albert Einstein

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¿Qué significa que nada está aislado de todo lo demás?

Desde el momento en que nacemos hasta que morimos, a pesar de darnos cuenta de que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente sufren infinitas transformaciones, nos percibimos a nosotros mismos como permanentes, singulares y autónomos, separados del mundo exterior. Nos sentimos vulnerables, y para protegernos nos encerramos aún más y nos separamos del resto. Actuando de esta manera, nos hallamos en una posición falsa respecto a cómo funciona el mundo en realidad, ya que nuestra relación con las otras personas, con los animales y con el entorno es de total interdependencia.

Cuando observamos con detenimiento cómo funciona el mundo podemos percibir la interconexión de todo cuanto existe. Todas nuestras reacciones, lo que hacemos, decimos y pensamos, afectan constantemente a nuestro entorno y al resto de seres vivos, además de a nosotros mismos.

Si seguimos analizando, podemos comprender que no hay absolutamente nada que no dependa de otra cosa. El vaso de leche que nos tomamos por la mañana no existiría por sí mismo sin la larga cadena de acontecimientos que lo han hecho posible. La existencia del vaso de leche depende de muchos otros seres y elementos, como, por ejemplo, de la vaca, el pastor, la hierba que se ha comido el animal y la lluvia que ha hecho crecer la hierba, además de las máquinas y personas que han intervenido en su proceso de homogeneización, pasteurización y distribución y de las personas que la han vendido y la han ido a comprar. Son infinitos los seres que han participado en la cadena que hace posible nuestro desayuno. Cada uno de nosotros estamos conectados con todos los demás seres del planeta Tierra, ya sean del pasado, del presente o, incluso, del futuro.

¿Para qué sirve comprender la interdependencia y cómo nos ayuda a ser felices?

A pesar de esto, nuestra tendencia es obviar todas estas conexiones interminables, aunque sepamos que no podemos vivir ni sobrevivir solos. Tenemos la tendencia de vernos como individuos separados, que se han esforzado por ser autosuficientes y viven centrados en sí mismos.

Cuando podemos percibir la interconexión de todas las cosas, desde el átomo hasta el universo, y empezamos a formarnos una idea de las complejas redes de conexión que se dan en absolutamente todo, comprendemos mejor cómo existimos nosotros mismos. Debilitamos así la sensación de separación y pensamos menos en términos del yo, de mis pertenencias y de los míos. Este tipo de pensamientos que giran en torno a uno mismo constituyen la base de la mayoría de aflicciones mentales, como, por ejemplo, el odio, los celos, el orgullo y el egoísmo, de modo que al contrastarlos sentimos alivio y una mayor libertad.

Comprender la interdependencia hace que se tambalee el egocentrismo que nos tiene siempre pendientes de cómo nos sentimos y que nos convierte en el centro del mundo, esperando y, a veces, incluso exigiendo, que nuestro mundo prevalga sobre el de los demás. Nos damos cuenta de que estas aspiraciones son totalmente ilógicas, de modo no nos frustramos tanto cuando las cosas no van según el guión previsto, gozamos de mayor capacidad para aceptar lo que nos ocurre y mantenemos una actitud más realista. La ecuanimidad ante lo que nos sucede nos aleja de la ansiedad, la inquietud y la angustia.

Cuando comprendemos que nuestra felicidad no está separada del resto de seres podemos vencer la indiferencia ante lo que les ocurre a los demás, el «no me importa mientras no me pase a mí o a los míos», y adoptar una actitud abierta al mundo. Las personas más felices son las que han descubierto su interconexión con el resto de la humanidad. Son las que nutren sus relaciones con los que les rodean, les demuestran su aprecio y son amables con ellos. Esta es la causa más inmediata de felicidad en los seres humanos.

Cuando comprendemos la interdependencia que se da en absolutamente todo, dejamos de buscar la felicidad exclusivamente para mejorar las condiciones externas y tomamos consciencia de que debemos mejorarnos a nosotros mismos para ser más felices. Pasarnos la vida mirándonos el ombligo, dándole vueltas a cómo nos sentimos y a qué problemas tenemos, es la principal receta para la infelicidad.

¿Cómo podemos desarrollar la consciencia de la interdependencia?

Comprendiendo mejor cómo funciona el mundo que nos rodea y entendiendo que es precisamente esta imagen estática de «yo soy esto», concreta y separada de todo lo demás, la que nos genera problemas y nos limita.

Aprovechando cualquier ocasión que tengamos para profundizar en la comprensión de cómo funcionan las cosas. Entendiendo, por ejemplo, que estamos hechos de agua, la misma agua que hay en las verduras y frutas que comemos, en los ríos, en los mares y en la lluvia. Entendiendo que nuestra vida depende de muchos otros seres. Comprendiendo que todo procede de una larga cadena de interrelación e interdependencia.

No teniendo miedo de perder nuestra personalidad o individualidad si dejamos de considerarnos a nosotros mismos el centro del mundo. Los mensajes de la sociedad actual van en esta línea: «El triunfo se consigue compitiendo», «Es mejor defender los propios objetivos que colaborar con los demás». De ahí procede tal vez esta capa de ansiedad, tristeza y depresión que asola nuestra sociedad.

Comprendiendo que las personas que destacan por sus cualidades humanas excepcionales carecen de ego y no se preocupan lo más mínimo por su importancia o reconocimiento, y que, aun así, la gente aspira a estar en su compañía y siente su presencia como enriquecedora.