Llegar a todos

Una persona no empieza a vivir hasta que es capaz de superar los estrechos confines de sus preocupaciones individualistas y abrirse a las amplias preocupaciones de toda la humanidad.

Martin Luther King

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¿Qué significa llegar a todo el mundo y tener una actitud altruista?

El altruismo es la motivación de ayudar sin esperar nada a cambio. Es ofrecer nuestro tiempo y esfuerzo con alegría a personas, proyectos y causas.

Es contribuir al bienestar de los demás de forma desinteresada, entendiendo que para ayudar bien no debemos descuidar nuestras propias necesidades, es decir, debemos cuidarnos a nosotros mismos.

Consiste en extender el sentimiento de amor que tenemos por un grupo limitado y cercano de personas a todas las demás.

Es educarnos en la noción de responsabilidad universal que tanta falta hace hoy en día para dar respuesta a temas medioambientales e incluso sociales y económicos.

¿Para qué sirve la actitud altruista y cómo nos ayuda a ser felices?

Nos permite tener una visión más amplia, no centrada en los propios deseos o problemas. El altruismo nos ayuda a ver más allá de nuestras preocupaciones y a no obsesionarnos con nuestros males, tanto si son grandes como pequeños. Esto no significa que no debamos ocuparnos de ellos, pero nos resultará más fácil si lo hacemos en la justa medida. Si podemos permanecer abiertos y conscientes, encontraremos la respuesta a muchas de nuestras necesidades y dilemas.

Hace que nos sintamos parte de un conjunto; no nos sentimos tan solos. «La felicidad aumenta con la implicación social y la participación en organizaciones benéficas, la práctica del deporte y de la música y la pertenencia a un club que organice diversas actividades. Está directamente relacionada con la existencia de relaciones personales y su calidad.»[1].

Cuando actuamos de forma altruista contribuimos a mejorar la sociedad, de la que formamos parte. Muchos de los problemas económicos, sociales o medioambientales que tiene la sociedad actual provienen de una forma estrecha de pensar, que solo tiene en cuenta el beneficio propio e inmediato.

Estudios psicológicos y neurobiológicos han demostrado que el comportamiento altruista nos fortalece: «El cultivo del amor constituye una especie de vacuna que da fortaleza a nuestro sistema inmunológico emocional y nos permite adentrarnos en territorios envenenados de ira y odio sin correr el peligro de contagiarnos...».[2]

Implica tener una relación empática con los demás y comprender que el sufrimiento de las otras personas no nos es ajeno. Sabemos que todo cambia y que nada está aislado de todo lo demás, que hoy estamos en un lado y mañana podemos estar en el otro, que nos separa una línea finísima.

Una actitud altruista implica haber logrado un cierto control emocional. Ante el sufrimiento de los demás, las personas que tienen poco control emocional se ven atrapadas por el propio miedo, la ansiedad y la angustia, de modo que no pueden ser útiles a los demás.

Todos aspiramos a ser felices y a que también lo sean nuestros semejantes. Se ha comprobado que las personas más felices son aquellas que han encontrado una vía para poner en práctica esta aspiración y que han descubierto la manera de desarrollar al máximo su propio potencial.

Nos ayuda a salir de los estados depresivos. Se ha comprobado que en la depresión hay una incapacidad temporal para amar. Dar y recibir amor es, según Andrew Solomon (médico psiquiatra estadounidense), un factor importante de curación.

Los seres humanos más felices son aquellos que parecen haber dado un sentido a su experiencia vital más allá de cuidarse siempre a sí mismas.

Ante la posible idea de que solo se avanza con una actitud egoísta, hay estudios que demuestran (Elliot Sober, filósofo) que un comportamiento altruista y cooperativo brinda una ventaja innegable frente a las conductas egoístas.

¿Cómo podemos desarrollar el altruismo?

Comprobando en nosotros mismos cómo nos sentimos cuando nos ayudan de forma completamente desinteresada.

Observando y preguntándonos qué necesitan las personas que nos rodean.

Descubriendo pequeñas maneras de ayudar a los que tenemos más cerca, la familia, los amigos.

Entendiendo que a cada instante tenemos la oportunidad de hacer que la vida de alguien sea un poco mejor o un poco más fácil. Recordando que cada pensamiento, cada palabra, cada acción que fluye desde nosotros de forma bondadosa tiene el potencial de generar felicidad.

Tomando consciencia de todo lo que hemos recibido, del hecho de que gozamos de salud, de educación y de habilidades, y compartiendo esto con los demás en señal de agradecimiento.

Reflexionando sobre todo lo que tenemos en común con otras personas. Esto nos llevará a desarrollar un profundo sentimiento de empatía.

No olvidando que no es posible contribuir al bienestar de los demás sin antes cuidarse uno mismo. Ayudar a los demás debe ser una decisión, no una obligación. El altruismo es la expresión externa del deseo de beneficiar a los otros, de compartir lo que tenemos con ellos; si lo vivimos como una carga, significa que estamos haciendo algo mal.

Preguntándonos cuál es la auténtica motivación que nos lleva a ayudar a los demás, con el fin de desenmascararnos. A veces las actitudes de ayudar a los otros pueden ocultar un cierto orgullo, una necesidad de demostrar algo o una incapacidad para relacionarnos de forma sana.



[1] Matthieu Ricard: En defensa de la felicidad. Barcelona: Urano, 2011.

[2] Daniel Goleman: Emociones destructivas. Cómo entenderlas y superarlas. Barcelona: Kairós, 2003, p. 354.