¿Qué motiva nuestras acciones?

Todas las emociones son en esencia impulsos que nos llevan a actuar.

Daniel Goleman

¿Cuál es el motor de nuestras acciones?

«Todas las emociones son en esencia impulsos que nos llevan a actuar.» Esta frase de Daniel Goleman resume muy bien cuál es el motor principal de nuestras acciones. La raíz etimológica de la palabra emoción procede del verbo latín emovere, que significa «moverse». Detrás de toda emoción, hay implícita una tendencia hacia una determinada acción. Incluso podemos apreciar que las emociones tienen un reflejo directo en el cuerpo. Ante una determinada emoción, el cuerpo adopta una postura concreta, tensa unos músculos específicos y se prepara para actuar.

Los estudios recientes del cerebro humano llevados a cabo por especialistas en neurociencia ponen de manifiesto la importancia de las emociones en nuestras acciones, y afirman incluso que las emociones activan la memoria y son indispensables en todo aprendizaje. Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, comenta con respecto a esta cuestión: «Todo lo que produce emociones activa el cerebro y la memoria, y nos ayuda a almacenar lo que nos emociona. Es decir, las emociones nos ayudan a formar memorias coherentes». Las emociones influyen en la parte racional, ya que, como hemos visto en el bloque 1, la memoria desempeña un papel fundamental en la formación de conceptos y, por lo tanto, en la interpretación de la realidad que nos rodea.

La emoción vendría a ser lo que condiciona la mente y la lleva a adoptar determinadas perspectivas; de hecho, la emoción y el pensamiento van juntos. Un pequeño pensamiento etiqueta un hecho, este hecho desencadena una emoción y a esta emoción siguen otros pensamientos y emociones.

Este río de pensamientos y emociones de los que muchas veces no somos conscientes constituye el motor de nuestras acciones. La repetición de unas acciones concretas es lo que determina nuestros hábitos de conducta, de modo que cuanto más realizamos una acción específica más fuertemente enraizado estará en nosotros el hábito de seguir actuando de la misma manera. Estos hábitos son los que acaban creando nuestra personalidad; nuestras acciones nos definen y a la larga acaban configurando nuestro destino.

¿Por qué es importante saber qué sentimos y cómo actuamos?

En nuestra vida diaria realizamos billones de acciones con el cuerpo, con la palabra e incluso con la mente. Prestamos una atención especial a las que consideramos más importantes o trascendentes, como, por ejemplo, elegir unos estudios, iniciar una relación o comprarnos un determinado modelo de coche, mientras que descuidamos miles y miles de acciones, pensamientos y palabras que surgen sin control consciente a partir de hábitos de conducta automáticos. Estas pautas de comportamiento aprendidas, que nos acompañan desde la infancia, tienen una repercusión determinante en nuestras vidas. Son como las semillas y los frutos de los que nos alimentamos como seres humanos, porque el resultado de nuestras acciones depende de las causas que nosotros mismos creamos. Estaría bien analizar y preguntarnos si estas acciones que están determinadas por hábitos de conducta siguen teniendo sentido para nosotros, si realmente nos satisfacen, ya que estas acciones influyen en nosotros, en nuestras familias y en la evolución de la sociedad. Determinan, en definitiva, la felicidad o el dolor que experimentamos nosotros y nuestro entorno. Toda acción que emprendemos desencadena una sucesión de acontecimientos. Cuanto más profundamente entendamos esto, más atención prestaremos a la manera como prensamos y actuamos, pues seremos conscientes de las consecuencias.

La razón y la experiencia nos permiten comprobar qué acciones proporcionan bienestar y cuáles conducen al sufrimiento. Cuando comprendemos esto dejamos de pensar que las cosas ocurren debido fuerzas ajenas a nuestro control y entendemos que desempeñamos un papel importante, definitivo, en nuestro bienestar. Somos totalmente responsables de este bienestar, y también del de los demás. Así pues, se hace evidente que es fundamental aplicar cualidades como la bondad, la honestidad, la generosidad y la reflexión en todo cuanto hacemos y decimos para conseguirlo. Toda acción hábil hace que el mundo sea mejor.[1]

¿Cómo podemos mejorar nuestra manera de actuar?

Tomando consciencia de qué sentimos, de qué pensamientos nos mueven. La sociedad actual se caracteriza por una avalancha de estímulos, por una dinámica de acción sin demasiada reflexión que nos conduce a actuar, a veces, de forma compulsiva. Saber esto constituye el primer paso para replantearnos hacia dónde queremos ir. Son muchas las veces que no somos plenamente conscientes de cómo pensamos y sentimos, pero seguimos actuando, inevitablemente. El hecho de conocer la raíz de lo que nos mueve constituye un paso hacia la libertad.

Asimismo, es importante observar cuál es la motivación que hay detrás de nuestras acciones, y también observar estas acciones y sus resultados. Debemos comprender que hay emociones que refuerzan nuestra tranquilidad y nos hacen sentir bien con nosotros mismos y que, en cambio, hay emociones que destruyen nuestra serenidad, nos alteran profundamente y provocan sufrimiento a los demás.

Para poder observar cuáles son las emociones que nos dirigen debemos ante todo dejar de correr tanto, debemos detenernos a escuchar y no tener miedo de mirarnos a nosotros mismos.



[1] Adaptación del texto de introducción al bloque «Actuar» de Preparados, listos… 16 actitudes para ser feliz. Novelda: Dharma, 2009.